24 agosto, 2010

El ánfora


Miriam y Eduardo decidieron que ese año las navidades serían diferentes: sin reuniones familiares, sin regalos, sin hallacas y dulce de lechosa, sin árbol de navidad ni pesebre.. Tampoco ese año vendrían los hijos del exterior, así que deciden largarse a pasar las festividades al resort que tienen en Curazao y que la verdad sea dicha, desde que los muchachos no están, cada vez se utiliza menos.

Arreglaron sus bártulos –pocas cosas para una corta temporada- y se fueron unos días antes de navidad a la isla, determinados a descansar y olvidarse del barullo decembrino. La noche de navidad cenaron en un pequeño restaurante y luego se acostaron temprano. Los días subsecuentes, transcurren entre baños de piscina y playa. Eduardo se reúne con otros veraneantes para un juego de naipes y Miriam se tumba a tomar el sol con una buena novela en las manos.

Dada la insistencia de los vacacionistas, acordaron reunirse todos a la orilla de la piscina el próximo 31 de diciembre para esperar el nuevo año. La noche del fin de año estaba fresca: una suave brisa marina y la luna iluminando el lugar, más la deliciosa comida y buenas bebidas –en la grata compañía de unos cordiales amigos- presagiaba una inolvidable celebración de nochevieja. Se encontraban alternando; las uvas estaban dispuestas para, con la ayuda de un radiecito que transmitía en papiamento música local, acompañar las doce campanadas: una, dos, cuatro, siete, nueve…y en eso Eduardo, atragantado, empalidece y cae cuan largo es…

Inútiles fueron los primeros auxilios. El médico de hotel no se encontró por ninguna parte. Se llamó a la ambulancia, la que que por supuesto no acudió por ser jolgorio y no se daba abasto para recoger tanto borracho y heridos por las reyertas; no se llegó a tiempo al hospital. Definitivamente y para desconsuelo de la llorosa Miriam, su Eduardo estaba muerto sin remisión un 31 de diciembre víctima de un infarto fulminante… El cadáver fue llevado a la habitación en espera de realizar las diligencias: buscar la funeraria y hacer todas las tramitaciones ante el consulado de Venezuela en la isla. Dificultosamente se consiguió alguien que se encargara de los servicios funerarios. No se halló alma alguna en el consulado cerrado por vacaciones colectivas.

En vista de tan azarosas circunstancias, Miriam se puso en contacto con sus hijos y por decisión unánime el cuerpo de su marido debía ser incinerado lo ante posible y así trasladarlo, ya que no había forma ni manera de repatriar el cadáver... Luego de dos días de espera, le fue entregada un ánfora metálica con las cenizas de su Eduardo.

Sin posibilidad de resolver ninguna tramitación legal, decidió volverse a Caracas. Hizo maletas sin las pertenencias de Eduardo que dejó en el closet. Agarró el ánfora, la puso en el maletín y se fue al aeropuerto. En menos de dos horas, ya estaba saliendo con su maletín en mano por la aduana de Maiquetía, cuando la detiene un guardia nacional: Señora por favor, abra el maletín...¿Qué es eso tan raro que trae ahí?... Un ánfora mortuoria; déjese de mamadera de gallo y destápelo... ¿De verdad, esoquiere que le muestre las cenizas de mi marido?.. Eso parece cocaína.. ¡Pruébelo!... La notó tan decidida que asustado respondió: ¡No señora, no!, mejor pase…

Caracas, agosto 2010
nota: Esta es otra de esas inusitadas historias de la vida real, que me contó una amiga.
ilustración tomada de la web.

1 comentario:

CUENTOS DE LA NOCHE AZUL dijo...

Ay, América. Estuve revisando los Casi Cuentos que me encantan y no pude menos que recordar el estupendo ejercicio literario que hicimos con la misma historia. La tuya me gustó mucho, pues además, intercambiamos los personajes: tú en mi historia y yo en la tuya.

Abrazos,

Myriam