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21 abril, 2021

Un viejo periódico...

No sólo por ser mi padre periodista, en casa siempre se acostumbró leer la prensa de diferentes tendencias que existían en nuestro país. Algunos periódicos de muy vieja data como el Universal, El tiempo, La Esfera y otros mucho más recientes como Dosmiluno, TalCual, por nombrar sólo algunos, han ido desapareciendo por múltiples razones: económicas y frecuentemente políticas, cuando la censura gubernamental arremete contra la libertad de prensa..
Hoy el diario El Nacional (con 78 años de circulación) que durante esta dictadura revolucionaria ha venido padeciendo un sin fin de inconvenientes, acaba de recibir el puntillazo mediante una sentencia del TS de Injusticia (AA 20 C) que lo obliga a pagar una  astronómica suma a un personero del gobierno, por supuestos daños y perjuicios...(El Impulso.com 19/04/2921) La  cantidad exigida, obligará al propietario de El Nacional a entregar todos los activos que conforman el periódico...El ofendido personero revolucionario se hará propietario de un diario desde donde, seguramente y como viene haciendo en su programa en la TV oficialista, continuará despotricando e incitando al odio. 

Como republicana que soy y creyente (entre las pocas cosas que creo), en la libertad de prensa como  pilar   básico de la democracia,  me desagrada tal sentencia porque como señalé al inicio de esta crónica mi padre era periodista y a ese periódico nos une el afecto. Mi papá José Ratto-Ciarlo, trabajó 30 años en El Nacional. Comenzó como reportero y se retiró como Jefe de la página de Arte (su creación dentro del cuerpo del diario y la primera en la prensa nacional). Recuerdo que hace muchísimos años, cuando el diario tenía su sede en pleno centro caraqueño (esquina de Puerto escondido), mi padre me llevó a conocer a El Nacional por dentro. Me presentó al  Director Antonio Arraíz y algunos colegas: Aristides Bastidas, el "Gordo" Pérez (fotógrafo) y Lorenzo Batallán, que recuerde. Luego fuimos a lo talleres y me impresionó la enorme rotativa, donde se colocaban las planchas de plomo elaboradas por los linotipistas y los inmensos rollos de papel, que estruendosamente giraban y expulsaban el diario impreso. Hoy en día este método está en desuso, El Nacional también se modernizó y se convirtió en un diario digitalizado, pero ya para ese entonces mi padre no trabajaba allí.

En fin que entre recuerdos y principios republicanos, repudio la tal sentencia y la considero otro atropello con "visos de legalidad", de los tantos que venimos sufriendo desde que un grupo de incompetentes bajo un programa revolucionario, que proclama la "felicidad y el bienestar supremos" nos abusan diariamente. 




24 julio, 2014

La Montalbana (novela corta)





   

1 La polvareda.           
De Carlos Alfredo, ni rastro. Ya van para tres años, creo, que se fue tras la polvareda del general Salaverría. -¡Me voy de esta vaina!, dijo. Ensilló a Palomo, agarró unos cuantos bártulos y con un abrazo se despidió. Otro más que se marcha, me dije para mis adentros. Cuántos van; en este miserable pueblo ya no queda hombre alguno. Miento, algunos sí: Porfirio el viejo capataz y Nicolás. Al menos esos  permanecen en casa y no cogieron el monte. Del resto no sé. ¡Dios, diosito, acaba con esta matanza! Mientras: las viudas, hermanas, hijas, sobrevivientes, agonizamos en este sitio. Con Ascensión, la india caquetìa que me crió y que todavía me acompaña, malvivimos en el caserón; lo único sano desde  que Juvenal decidió pegarle candela a todo. Juvenal, ¡Un peón pata en el suelo convertido en general del liberalismo! Si no fuese por lo terrible de esta devastación, hasta risa da... Pero que voy a saber yo de guerras y politiquerías. Sólo sé, que cada cierto tiempo pasa por aquí una tropa abusando. Matan, saquean y queman cuanto sembradío encuentran y siguen camino. No fusilan a nadie, porque ya no queda a quién fusilar y sería el colmo que fusilaran a una mujer o un niño.

2 El abolengo.
La Montalbana es nuestra desde tiempos inmemoriales. Mi madre tenía un álbum con todos los arboles genealógicos de nuestras dos familias, desde cuando llegaron aquí los primeros pobladores. No sé por dónde anda ese álbum, con tantos saqueos que hemos padecido por los alzamientos, quizá hasta fue quemado. Los Montalbán Rodríguez somos criollos blancos. El Friede viene por parte de mi madre, que es descendiente lejana de los Welser. Los alemanes que se convirtieron en los dueños del país por allá en el S. XVI... Me llamo Ma. Luisa Montalbán Rodríguez Friede; Marilú como cariñosamente me dicen. Mi padre don Carlos Francisco, construyó la casa en Santa Ana de Coro cuando se casó con mamá, pero en verdad preferimos vivir en la hacienda por allá por la serranía de San Luís… Fue mi abuelo  Alfredo, el que se empeñó en el sembradío de caña e hizo todos los esfuerzos necesarios. Muchos años después mi hermano –con sus lecturas- descubrió lo la industrialización de la melaza y amplió el trapiche. Desde entonces de eso subsistimos.

3 La hacienda.  
Me pierdo en peroratas. Lo que sucede se me hace incomprensible. Sobrevivo gracias a dos esclavos y una india. Reconozco que lo necesito, muy robusta no soy. -Señorita Marilú, tómese este caldito. Solícita Ascensión,  nombre que le puso mi devota madre por haberla hecho bautizar el día de la Virgen, me sirve en un desportillado plato de peltre un insípido caldo de frijoles. Yo, que comía en vajilla de porcelana francesa traída de las Antillas. Yo que vestía faldas de crinolina. Una niña casamentera de familia principal, de la  antiquísima ciudad de Santa Ana de Coro.  Anteriormente la casa de la hacienda la ocupábamos: mi madre, mi hermano Carlos Alfredo -el primogénito- la india Ascensión, que ya estaba allí cuando nací, y yo. Doña Ma. Cristina mi madre,  es una mujer pelirroja, alta y de ojos claros que delataban su ascendencia. Yo salí de tez clara, pero no heredé su hermosa cabellera. En cambio Carlos Alfredo es lo que aquí llamamos “bachaco”; moreno –quizá de tanto sol- con el pelo colorado. El se ocupa de la hacienda. Mi padre Carlos Francisco Montalbán Rodríguez, atiende todo lo referente a sus negocios de exportación desde la ciudad de Santa Ana de Coro, por consiguiente nunca está. Para m el hermano mayor fungía de figura paterna. Nuestra casa solariega está rodeada de corredores y en los terrenos aledaños, tiene árboles de cujíes, tamarindos y acacias, para mitigar la aridez del paisaje. La casa de Coro es más bonita y sus muebles más finos; además tiene en el patio una fuente de piedra. Esta es de acabados rústicos, con techos de caña brava. Tiene ventanas por los cuatro costados -para dejar entrar el frescor de la serranía- con postigos de madera... 

Pocas eran mis salidas a la capital y pocas personas conocí fuera de mi cerrado entorno. Muy de vez en cuando intercambiaba algunas palabras con Porfirio y su mujer Jacinta, que atendía la cocina familiar. Como a un kilómetro de distancia está el trapiche y un potrero. La peonada, en su mayoría remanente de negros esclavos, viven en barracas aparte. Esa era la gente que yo frecuentaba en La Montalbana; allí pasé la mayor parte de mi vida… La hacienda producía caña y más caña que convertida en melaza en el trapiche, se exportaba a las Antillas holandesas. Nuestra buena posición económica nos permitió ascender en la sociedad y tener voz y voto en las decisiones que  se tomaban. Mi madre me enseñó las primeras letras y por supuesto el catecismo, igual que a Ascensión que fue criada en la casa y era prácticamente mi servidorra.
Mi infancia fue muy feliz, rodeada de la naturaleza, atendida con mimos  y sin carencias. Cuando llegué a la edad de merecer hice un viaje con mi mamá a la ciudad de Coro. En esa oportunidad adquirimos, trajes, calzados y todo lo que amerita una niña de sociedad como yo. Mi padre no reparó en gastos y hasta me hizo traer –con esos barcos que llegaban al puerto de La Vela- mantillas españolas. Tuve la oportunidad de conocer a dos primas lejanas de mi madre; las Ziegler unas viejas ricachonas que viven en una casa de cuatro ventanas, acompañadas de una chica recogida que las atiende. Las primas, conservaron la tradición de hablar entre ellas en alemán.

4 El pianista.
A Juan Carlos lo conocí en una velada cultural, en casa de las primas de mi madre. Fue 
todo un acontecimiento en la ciudad y meses de preparación para nuestra asistencia. Mi madre y yo hicimos los preparativos para el viaje en carruaje. En esta ocasión también nos acompañó Carlos Alfredo. Recuerdo vivamente la emoción que sentí, cuando dejamos el largo camino de polvo que sale de la casona de la hacienda hasta la ruta vecinal. Era una madrugada calurosa de abril mas todas las incomodidades del clima y la larga travesía del camino no lograron desanimarme. No me ocupaba de ver el árido paisaje que nos rodeaba, mi mente se ocupaba de elucubrar sobre el próximo acontecimiento... Llegamos a la ciudad al atardecer. Sus calles de empedrados; las casas lechadas, con sus grandes ventanales y portones abiertos que permitían ver los zaguanes, por donde se filtraba el aire. Mi alegría fue mayor cuando mi padre nos recibió en la casa donde nos acomodamos. Ésta queda diagonal a la Iglesia de San Clemente, con su pequeña placita sembrada de acacias cargadas de vainas que suenan al ritmo del viento. Desgraciadamente esas mismas calles y casa serán destruidas por la guerra... El evento al cual fuimos invitadas se celebró dos días después de nuestro arribo. Las Ziegler, aprovecharon la oportunidad que les deparaba un barco que ocasionalmente toco en el puerto. En el venía una cantante alemana de 














ópera, rumbo a Colombia. A la soprano la acompañaba un joven pianista Juan Carlos Figueredo, músico portugués que comenzaba a destacar en los círculos culturales 














europeos. Cuando nos conocimos yo tenía unos diecisiete años y Juan Carlos andaría por los veinte y tantos. 

Esa tarde musical, intercambiamos conversaciones y yo joven e inexperta, quedé prendada de tan culto y delicado caballero. Mucho rogué y lloré para que mis padres me permitieran ir con las primas Ziegler a despedir el paquebote. Nunca había estado tan cera del mar como en esa ocasión. Subimos al barco; tomamos el té con los invitados de la primas. Juan Carlos  prometió escribirme y  lo hizo por un tiempo. Ese intercambio epistolar avivó en mí una pasión que desconocía. Todo se diluyó en papeles que se fueron amarillando al correr del tiempo... Permanecimos un mes en la casa de Coro antes de regresar a la hacienda.

5 Juvenal.
Entre la peonada un chico esbelto y fortachón era el encargado de buscar las vituallas que se consumían mensualmente en la casa de la hacienda. Se llamaba Juvenal Nadie, porque nadie conocía de dónde había llegado, ni quién era su madre, de allí su apellido. En la sociedad en que vivimos, las castas están muy bien compartimentadas. Como ya dije, nosotros somos blancos criollos, descendientes de españoles. Juvenal es un pardo, específicamente zambo; mezcla de indio y negro. Sabía leer, escribir y sacar, cuentas rudimentariamente por lo que gozaba del privilegio de hacer las compras. Una vez por mes, salía temprano en un carromato tirado por un caballo y llegaba al anochecer, cargado con las provisiones para la  casa. No le estaba permitido pasar más allá de la cocina y sólo se entendía con Juliana quien le ordenaba los mandados. Ella lo trataba con cierta deferencia: le servía el café mañanero, o lo hacía comer de lo que quedaba del día anterior.  Las malas lenguas decían que Juvenal era hijo de Juliana con un indio. Tendría más o menos mi misma edad, o quizá un poco mayor. En una oportunidad Carlos Alfredo tuvo un altercado con Juvenal, una tarde que venía del mercado. Parece ser que mi hermano ordenó algo al muchacho y este no atendió la voz del amo. Cuando Carlos Alfredo llegó a la casa hizo venir a Porfirio. –Me le das unos buenos azotes a ese desgraciado de Juvenal, para que aprenda. No pude constatar si la orden fue cumplida, lo que sí vi es que días después Juvenal anduvo caminando inclinado. Juvenal Nadie, fue creciendo en la hacienda tal como yo. Con el correr del tiempo y al envejecer Porfirio, asumió muchas de las funciones del capataz, a pesar de no llevarse bien con mi hermano y siempre alimentar el rencor por la vejación a la cual fue sometido.

6  Mister Murray.
La situación en el país estaba empeorando cada vez más. Aún no nos reponíamos de la cruenta guerra de independencia que asoló Venezuela, cuando ya se estaba armando otro zafarrancho. Las noticias llegaban tardíamente a la hacienda, así que factiblemente eso que nos llegaba ya hubiese pasado hace meses y estuviera sucediendo otra situación peor. Decían que los Monagas, estaban liberando a los esclavos y eran muchos los cimarrones que ya habían agarrado el monte. Yo andaba ya por los veintidos años. La situación familiar se vio afectada por todo esto. Papá terminó suicidándose por la quiebra de sus negocios. Cuentan que se dio un tiro y dejó los papeles de las deudas acumuladas, para su hijo. Cuando las mujeres de la casa nos enteramos ya había pasado meses del terrible suceso. Aún así, siendo prácticamente un extraño para mí, su muerte me afectó y mamá empeoró de salud.  Carlos Alfredo, ahora él legítimo heredero, podía hacer lo que se le viniera en gana, con todo lo que quedó, es decir La Montalbana y nosotras. Cada día estaba más parecido a papá en físico y  carácter. Nunca se le conoció mujer, aunque a veces se desaparecía por semanas. Todos comentaban sottovoce, que se iba en barquichuelo con los pescadores, para las cercanas islas de Aruba o Curazao; a farrear, jugar en los casinos y cazar mujeres de mal vivir. Debe ser cierto, porque luego llegaba cargado de libros, revistas extranjeras y chocolatines. En una ocasión se le ocurrió traer a  casa,  un agrónomo inglés que conoció en el puerto de La Vela. Tuvimos que alojarlo en la casa. A duras penas Carlos Alfredo y él se entendían. Nunca comprendí cómo este caballero se le ocurrió venir a este fin de mundo, donde sólo hay cardones y chivos. Fue instalado en el cuarto que era de mi madre. A ella hubo que acomodarle una habitación más aireada y cercana a Ascensión para ser atendida por las noches. Entre las habitaciones de mamá y la mía, hay una salita común que en una época, fue el costurero de mamá y donde nos reuníamos en las tardes, a bordar y merendar. La misma sirvió luego, para otros propósitos más pecaminosos. 

7 El amor.
Las mañanas las empelaba mister Murray en recorrer los terrenos con Carlos Alfredo, Mi testarudo hermano, decía que este insurrección pasaría, como tantas otras, así estudiaba la posibilidad de convertir la hacienda en un sembradío de cafetales. Las cenas las hacíamos en familia, con el invitado. El mister, parecía un tipo conocedor de su profesión. Era de Bristol: rubio, alto de claros, aseado y cortés. Graduado de su prestigiosa universidad, tenía varios años dando vueltas por el mundo. Me pareció un personaje más aventurero que profesional del agro. Hablaba un pésimo español, pero se hacía entender mediante dibujos. Rápidamente se acostumbraba a los cambios de clima y comidas. Terminó por degustar nuestras arepas. En las noches frescas sacábamos sillas mecedoras al corredor y allí en tertulia, escuchar el canto de  cigarras y grillos. Mister Murray fumaba su pipa. En verdad no me desagrada el inglés. En mi esfuerzo por comunicarme con él me serví de un diccionario alemán-español que tenía mamá. Ahora veo que el asunto le debió parecer muy divertido, porque me siguió la corriente y poco apoco fuimos intimando, a escondidas del resto de los habitantes de la casa. Para ese entonces, mamá enfermó de gravedad y terminó muriendo de malaria. La pobre llegó un momento que sin fuerzas, casi ni comía. Carlos Alfredo mandó por el único médico que existía en la ciudad y resultó que se lo habían llevado los insurrectos para atender a sus heridos. Sin más recursos, tuvimos que dejar que la india Ascensión aliviara el malestar de mamá con sus brebajes y sahumerios. Igual terminó muriendo. Se hizo un precario funeral en la iglesia de San Ildefonso y allí en un nicho, pusimos los restos de mi madre... Carlos Alfredo, que la adoraba, se volvió más taciturno. Perdió interés en la hacienda y engavetó sus sueños cafetaleros. La mitad de los esclavos habían escapado al monte y ya no quedaba mucho que hacer. Por esa misma situación, el barco que debía llevar a mister Murray de vuelta a su país no termina de llegar, así que su estadía se  prolongó varios meses. La amistad de mister Murray me ayudó a sobrellevar la pena y el tedio.
Las calurosas noches invitaban a dormir al descampado. Para ese entonces, nos tratábamos de Peter y Marilú. Peter había aprendido a dormir en hamaca desde su estadía en Angola. Yo aprendí de Ascensión, así que una noche de esas en que Carlos Alfredo se desaparecía, tuvimos la osadía de sacara las hamacas la corredor. Hacía calor, había luna y su reflejo iluminaba el techo de la casa. Peter ató las hamacas a las alcayatas, encendió su pipa y se recostó. Hice lo propio en la mía. Sentía el aroma de su pipa, entre adormecida y despierta. Alguien mecía mi hamaca. Abrí los ojos y a mi lado estaba parado él, desnudo. Lo tomé de la mano y lo atraje hacia mí. Peter me desvistió cuidadosamente. Luego me beso, acarició pechos y vientre. Arrodillado su rostro se perdió en mi pubis. Jamás había sentido yo tanto goce. Algo que no conocía y me gustó. Le hice espacio en la hamaca y se tendió a mi lado. Tomó mi mano y la llevó a su falo, que enchido y turgente se dejaba acariciar. Nos acoplamos y con suavidad penetró en mis cavidades. La hamaca imprimía nuestro ritmo. El frenesí llegó para ambos. Luego, entre abrazos y caricias reposamos. Nos incorporamos al sentir el crujido de una rama. Oteamos alrededor pero no logramos ver con claridad. Una sombra sigilosa corrió al descampado. ¡Juvenal!, dije para mis adentros.

8 El saqueo.
Peter finalmente dejó la hacienda. La partida se hizo imperiosa. Sus recomendaciones profesionales fueron letra muerta. En los albores de una guerra civil Peter nos abandonó, no sin antes declararme su amor y prometer que me mandaría a buscar. ¡Cuantos encuentros amoroso tuvimos en la salita de costura!... Cuando la guerra recrudeció ya no quedaba nadie que trabajara la tierra. La noche que los negros se alzaron, fue terrorífica. Los tambores batieron toda la noche. Bebían ron y escandalizaban; el poco ganado que nos quedaba fue hecho barbacoa. Al que no se quería unir a la desbandada, lo pasaban a cuchillo. Con Ascensión nos  encerraron en una habitación desde donde escuchamos la algarabía. Carlos Alfredo, se les enfrentó. – ¡Desgraciados, llévense lo que les de la gana. Eso es pa´ lo único que sirven!, le gritó a la turba. Voltearon todo patas arriba. Salieron finalmente al amanecer, cargando con muebles, cuadros, vajillas y otros enseres. De allí en adelante, los cañaverales se secaron y prácticamente vivimos del huerto que sembramos. De los hombres de la servidumbre, sólo quedan Porfirio, Juvenal y un niño de aproximadamente nueve años, que apareció sólo y hambriento llamado Nicolás y a quien acogimos. Ascensión se ocupaba de ordeñar una cabra y cuidar las cuatro gallinas que no nos comimos para poder usar los huevos. A Palomo lo dejaron quizá  por ser muy blanco y llamativo, no así el resto de los caballos... Juvenal a veces desparecía y luego al regresar, traía las noticias de la ciudad, de los caseríos. Dicen ique es la guerra de Zamora. -¿Quién es ese? preguntó Carlos Alfredo. –No sé, pero Santa Ana etá incendiá. –Mejó se van de aquí, dijo el viejo Porfirio. -¿Para dónde?, le respondí.

9 La guerra.
-De aquí miso salió general Juan Crisóstomo Falcón, el hijo de José Ildefonso y Josefa, los recuerdas, de Jadacaquiva. Así conversaban en la sobremesa los hermanos Montalbán-Rodríguez, después de la frugal comida: -¿De qué se trata todo esto?  –Una guerra contra nosotros los godos terratenientes y que para emparejarnos a todos, –Aquí no va a quedar nadie para emparejar, le respondí. –Niña Marilú, no imagino hasta ónde aguantaremos, metió baza Ascensión. –Yo no me muevo. Venga quien venga. Con los meses la tensión entre los escasos huéspedes de la casa se agudizó. Carlos Alfredo y Juvenal se lo pasaban en una sola pelea. No había control sobre el zambo, que ya se consideraba dueño de lo poco que quedaba. Yo evitaba dirigirle la palabra. Me miraba como si supiera de mi aventura con mister Murray, la noche de luna. O sería yo, que me sentía culpable y le atribuía ese poder. Teníamos un poco de paz, cuando él agarraba el monte. Se perdía por días y días. De pronto apareció a media-noche. Todos dormíamos, o eso supuso Juvenal. Entró a mi habitación por la ventana que da al corredor, sigilosamente se acercó a mi lecho y sorpresivamente me agarró los pechos. –Vamo jacé lo mismo que con el mister, Sobresaltada comencé a dar gritar y forcejear. Me tapo la boca con una de sus manazas, mientras con la otra trataba de dominarme. Logré incorporarme y correr hasta el agamanil. Alcancé a tirarle la jarra que le dio en la cabeza.  A los gritos y el escándalo, se presentó Carlos Alfredo que blandía un machete. Lanzo varias fintas al agresor, pero éste logró esquivarlas. Juvenal salió por el mismo sitio por donde vino y cayo al jardín, desapareciendo en la oscuridad. Luego de este suceso, varias semanas después, comenzó un terrible incendio en el pajonal donde anteriormente hubo caña. El trapiche ardía y un fuerte olor a azúcar quemada invadió el ambiente. –Esto es asunto de Juvenal, dijo mi hermano. Lo más que logramos hacer fue proteger la vieja casona.  El resto quedó reducido a cenizas. Un buen día me dijo Carlos Alfredo, -Me voy de esta vaina. Ensilló a Palomo, agarró unos cuantos bártulos y con un abrazo se despidió.

10 Las noticias.
De cuando en cuando Nicolasito, traía una que otra noticia de la guerra. El muchacho deambulaba montes y caseríos vecinos. Regresaba al atardecer y contaba lo escuchado. Así fue como me enteré que el muérgano de Juvenal, era ahora general. Casi que me carcajeo. -¡Carajo! Aquí cualquier mierda llega a general. –Niña Marilú, que dice. La pobre y agotada vieja Ascensión, levantó la voz para parar mis maldiciones. Cuatro años han pasado de guerra. Una tras otra, tocó enterrar a la negra Juliana y a Ascensión en los terrenos de la hacienda, debajo de un tamarindo. Un domingo se apareció en La Montalbana, Gertrudis, la chica de compañía de las  primas Ziegler. Nos contó todos los pormenores del saqueo y la matanza, en la cual murieron. Ella anduvo escondiéndose por meses hasta que logró llegar a casa. Venía cargando con una bolsita llena de morocotas, que logró salvar. Porfirio ya no trabaja, está muy viejo y ciego. Nos sirve de compañía a Gertrudis y a mí. Nicolasito ya más crecido, desapareció en una de esas idas a los pueblos. Presumimos que estaría peleando en algún lugar. Después de casi un  año, apareció tocando la campana del portón. –Vaya sorpresa, entra. Lo abracé. Nos trajo muchas noticias, como era su costumbre. –Estuve en la guerra. Vide cosas malas. Traigo noticias de don Carlos Alfredo y Juvenal. Murieron en Buchivacoa, se toparon frente a frente en plena refriega. Me dio mucho pesar no haber podido volver a ver mi hermano con vida, ni enterrarlo como merecía aquí en sus tierras. Seguramente su cadáver y el de Juvenal, terminaron en una fosa común; juntos después de tantas desaveniencias. Nicolás se quedó a vivir con nosotros. Como no sabíamos de donde provenía, le puse nuestros apellidos y lo traté como un hijo. Con el tiempo nos tocó enterrar también al viejo Porfirio al lado de su negra. Nicolás hizo un cercado alrededor del tamarindo con tablas blancas y pusimos cruces a todos los que allí descansan.

11 La sorpresa.
Poco a poco la vida fue floreciendo en la hacienda. Estamos a finales de 1863, la terrible guerra ha llegado a su fin. Convivo con Gertudis y Nicolás. Además de trabajar en la casa, los instruyo y enseño; así como hicieron conmigo. Los campos han florecido por sí solos. No hemos podido sembrar nada, todavía. Sorpresivamente una mañana, atiendo la llamada al portón y un señor me entrega una encomienda. Me emocioné al ver el remitente. Con tantos sucesos ya había olvidado a mister Murray. Rasgué el sobre y leí:

Querida Marilú, después de tanto tiempo, espero que esta carta esté en tus manos. Llego a Caracas el 8 de diciembre. Deseo que pasemos navidades juntos. Tengo muchos proyectos que no dudo compartirás conmigo. Anhelo verte.
Tuyo,Peter.     

Bristol, a 11 de setiembre de 1863  
P.D. Viste, aprendí español...El amor todo lo puede.                                                                                                         


                                                                     - FIN -

Caracas. mayo 2014. 
Ilustración de la web. F. Oller.

16 diciembre, 2013

Aguinaldos y parrandas



Los aguinaldos representan un género particular de música tradicional de Venezuela. Desde el punto de vista musical, son una reminiscencia de los villancicos europeos. Entre nosotros también se llama aguinaldo a un regalito especial que se da en estas fechas navideñas. Los instrumentos que se usan para acompañar el cántico son: violín, cuatro, clarinete, bandolín,  tambores y furruco, maracas y guitarra. Además según la temática de los cantos, el aguinaldo se divide en aguinaldos de parranda y aguinaldos religiosos; la diferencia es que el primero puede no referirse a temas religiosos aunque se cante en el ambiente de estas fiestas.

Es habitual que para los aguinaldos, los músicos se desplazan de casa en casa en donde son agasajados, por eso se llaman parranderos y el grupo en conjunto se denomina parranda navideña... Hay grupos de parrandas de vieja data, que terminan de convertirse en renombrados y famosos a través del tiempo. El reconocido maestro venezolano Vicente Emilio Sojo fue un gran recopilador y arreglista de esta música tradicional.


Caracas, diciembre 2013
Ilustración sacada de la Web.

08 diciembre, 2008

Pasamos a formar cadena...





"Entre febrero 1999 y mayo 2008, Chávez Frías ha pasado 2.544 horas sermoneando al país por radio y televisión, el equivalente a 318 días laborales, un año y medio hablando entre siete y ocho horas diarias" . Antonio Pasquali.

 

A Cristina la sacaron con camisa de fuerza, en medio de una pataleta. Enrique no se explicaba cómo le había podido suceder aquello. Su mujer nunca dio demostraciones de violencia, ni de haber perdido el juicio. Después de mediodía, la muchacha de servicio alarmada, llamó a su oficina. ¡Don Enrique vengase rápido. La señora tiene un ataque y está acabando con todo! Enrique no perdió tiempo en pedir detalles. Como una exhalación salió disparado al llamado de auxilio.

Cuando llegó a su casa, todavía le duraba el ataque a Cristina. La mujer daba gritos y la emprendía a batazos contra el televisor mientras profería improperios. Enrique no sabía –o no se atrevía- cómo detener aquello. Sería muy arriesgado enfrentársele a Cristina, quien no daba demostraciones de agotamiento y seguía golpeando y maldiciendo a voz en cuello. Optó por llamar a la ambulancia. Los paramédicos lograron sedarla y colocarle la camisa de fuerza. Ahora su ira se transformó en llanto. Mientras, Enrique compungido, no encontraba cómo consolar a su mujer. Ella en voz queda, gimiendo decía: ¡Hasta cuando, hasta cuando, las malditas cadenas..! No lo soporto más. ¡Ya basta, basta! Yo, lo único que quiero es ver la telenovela en paz.



Caracas, junio 2008

15 junio, 2007

¡Arriba corazones!



"Una gota de pura valentía vale más que un océano cobarde". Miguel Hernández.


Como nos sucede siempre a las madres y los padres, nuestros hijos crecen demasiado rápido. Aquellos muchachos que hace ocho años –cuando comenzó el proceso- eran adolescentes, ahora son estudiante universitarios. Muchachos crecidos en un mundo globalizado, con alta tecnología comunicacional. Por consiguiente informados. Con horizontes muchos más amplios. Comparan y deducen. Los nuevos conocimientos, adquiridos en las universidades a las cuales asisten (UCV, MET. UCAB, URBE etc) les permiten discernir a conciencia. Prueba de ello es que, valientemente han tomado la antorcha o el testigo que otros enarbolaron en épocas muy remotas para ellos, en defensa de los mismos principios y valores democráticos…

¡Estos muchachos son unas joyas! con una entereza que ya quisieran para si muchos adultos. Con una claridad de ideas y fines que hará reconsiderar a los partidos sus estrategias políticas. Además tienen una fresca genialidad creativa, una nueva forma de manifestar sus ideas, contra la cual se estrellan los trillados, rocambolescos, e inextricables argumentos gubernamentales.

Los chamos no son ningunos come flor, no se dejan atropellar ni atropellan. Apuestan por la pacificación de este enguerrillado país: la tolerancia, una nueva ética, una refrescante forma de hacer política, la defensa de la integridad moral, los derechos civiles, la libertad de expresión, el republicanismo y muchos otros principios que nos son inherentes a todos los venezolanos. Tienen un montón de propuestas sólidas, que han calado en el pueblo. Tanto así que los habitantes de los cerros –a quien el amadolider mandó a bajar para amedrentarlos- se les unieron.

Estos muchachos ni son unos ignorantes, ni han salido de la nada. Salieron de hogares donde esos principios siempre estuvieron vigentes por generaciones y permearon en sus corazones. Estos muchachos no son manipulables, ni comercian con sus ideales. Ya el gobierno pudo constatarlo. ¡Tremendo plantón le dieron a la Asamblea Nacional! La gota que derramó el vaso y que los hizo ponerse de pié –pensando quizá que si ellos no lo hacían, difícilmente lo harían otros- además del atropello contra la libertad de expresión, fue la otra amenaza de ir contra la autonomía universitaria consagrada en al Art.109 de la Constitución.

El gobierno se maneja con base en amenazas y represión. Los jóvenes se manejan con base en gallardía y concordia. Una vez más los asiste la razón. Saben que sin autonomía universitaria no habrá conocimientos, ni discusiones enriquecedoras, ni creación, ni investigación. Saben que no saldrán de esas universidades los profesionales que el país requiere. Saben que no habrá una "casa que vence las sombras", puesto que se impondrá un pensamiento único y sombrío. ¿Qué tipo de profesional puede salir de allí ? ¿Una gente que no sea autónomamente pensante cómo puede asumir responsabilidades? Se graduarían borregos.

¡El país se llenó de un nuevo aliento! Los hemos comparado con nuestra generación del 28 y con el mayo francés de los años 60... Ellos son auténticos y autónomos de todos esos movimientos anteriores. Desligados de partidismos, espontáneos, sin maniqueísmos, movidos por el deseo de que todos vivamos en un país mejor. Decididos a triunfar. A cambiar el presente para tener un mejor futuro. Hoy el moral y luces preconizados por el Libertador hace más falta que nunca, ya que los valores republicanos coliden con el Socialismo del Siglo XXI. De esta bizarra generación saldrán los nuevos políticos, investigadores, gerentes, científicos, artistas y profesionales que más temprano que tarde serán los responsables de refundar la República.


Caracas, junio 2007

Ilustración sacada de la WEB.