La casona estaba igual a como la recordaba, maltrecha pero en pie, como las personas que la habitan. No le quedó más remedio que ir debido a que corría con la responsabilidad de finiquitar todo lo concerniente a la venta del terreno y lo más difícil, mudar a los habitantes a un ancianato. Después de la visita de rigor, se levantó de la mecedora que gentilmente le ofrecieron para compartir un café y subió directamente al despacho del tío. Una inmensa biblioteca ocupaba casi todo el alto de la estructura. Comenzó a revisar los anaqueles, los legajos legales, los libros de diversos títulos, hasta que encontró una carpeta raída con hojas escritas a plumilla y aún legibles. Era la letra del tío Juancho, sin duda. Litigios, recibos y lo más asombroso, entre tantos papeles dió con unas cartas de amor. El tío, solterón empedernido tenía un amor, se dijo para si. La curiosidad lo invadió. Abrió varias ventanas y comenzó a leer los datos que no había venido a buscar. Amanda, se llamaba. Se conocieron en su juventud y por esas cosas de la vida, cuando el tío cogió el monte entre esas tantas revueltas fallidas que se daban en contra de cualquiera que ostentara el poder, fue a dar a la cárcel y Amanda fue a dar a la cama de otro. ¡Vaya con el tío! dijo. Sacó el documento de la supuesta propiedad y volvió donde las tías, que lo aguardaban. Ahora viene lo más difícil, pensó. Convencer a mis tías para que abandonen la casa. Sus argumentaciones fueron vanas. Las damas a duras penas entendían o evitaban entender. Bien sabes, dijo tía Hortencia, que hemos estado aquí toda nuestra vida. Nunca nos casamos y atendimos a Juancho con devoción. Siempre supusimos, añadió Mercedes, que de aquí nos sacarían muertas, pero no en estas condiciones. Además, eso traerá un gran problema para el vecindario, algo que manchará nuestro nombre. ¡No podemos permitirlo! Tías queridas, yo no tengo más remedio que sacarlas. Prefiero hacerlo de buenas maneras y no por la fuerza, dijo tajantemente. ¿De ser así, a dónde iríamos? Ya tengo reservado un sitio confortable, donde cubrirán todas sus necesidades y serán muy bien atendidas. Mijito, señaló nuevamente Hortencia, es que tú no sabes el problema que tendrás, si tumbas esta casa. No tengas apuro, sobrino. Esta vez habló Mercedes, ten un poco de paciencia y ya llegará el momento adecuado. No ahorita, eso será una gran calamidad. Tías, los apuros económicos y la oportunidad es ahorita, así que gústeles o no, se hará como yo digo. Tienen quince días para que recojan lo necesario y yo vendré a buscarlas, así sea por las malas.
Las tías angustiadas se miraron. Cambiando de actitud, tomaron de la mano al sobrino y dijeron: ven, te vamos a enseñar algo. Es necesario que lo verifiques por tí mismo. Pasaron salas, habitaciones y finalmente llegaron a una reja alta que daba a un patio de tierra con varias cruces. ¿Qué significa esto. Tienen animales enterrados aquí? Ojalá fueran animales. ¿Lo que faltaba, se volvieron brujas? Casi, que sí, dijo Mercedes suspirando. Aquí yacen hombres. Hombres que pelearon junto a Juancho. Hombres que atendimos cuando volvieron de la guerra, hombres que nos acompañaron y luego dieron por desaparecidos. Dime, sobrino, qué vas a hacer cuando comience la remoción de escombros...
Caracas, agosto 2026
