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13 agosto, 2009

El intruso.







Gato no tiene nombre, a parte de su nombre genérico, o si lo tiene yo lo desconozco. Lo contemplo desde el balcón de mi apartamento todas la mañanas; está en el estacionamiento, o sobre las murallas divisorias de los edificios, acostado al calor del sol. Dueño y señor del patio. Es un gato adulto: gris, con rayas negras, ojos verdes y marcas en el cuerpo de algunas batallas, que seguramente tuvo que librar para conseguir una compañera. En el edificio, el invasor es bienvenido o al menos no se le maltrata ni espanta. Algún vecino benefactor le da comida y agua. Cuando salgo a comprar el periódico y me topo con gato, lo acaricio y él responde al mimo. Religiosamente se ausenta en las tardes para regresar al día siguiente. Me pregunto dónde pasa la noche, pues generalmente al atardecer desaparece…

¿Dónde va gato todas las noches? Intrigado me decido a seguirlo. Al final de la cuadra de edificios hay una enorme casa; allí entra gato. La mansión está custodiada por dos grandes mastines negros. Estos intimidantes canes son sacados a pasear cuando ya baja el sol -un poco más de las seis de la tarde- por un caballero ya entrado en años. El par de perros con su correaje aparentan estar amaestrados debidamente –o al menos reprimen su supuesta agresividad- y caminan al lado de su amo, sin prisa: olisqueando aquí, levantando la pata allá. Hay un cuarto miembro en este plácido paseo. Un personaje que seguramente se invitó solo y es aceptado con la complicidad de los paseantes: gato. A prudente distancia disfruta de las vespertinas caminatas. De vuelta a casa, los mastines ya sueltos merodean el lugar y gato con habilidad, trepa la muralla y en alguna parte del jardín casero pernocta, para reponerse de sus andadas.

Nuestra "amistad” duró por años. Hace mucho que no lo he vuelto a ver, ni por el edificio ni paseando con sus amigos. Lo extraño... Dicen que los perros van al cielo. Los gatos también: por algo eran momificados como los faraones. Asumo que gato se mudó allí, sin solicitar anuencia claro está, como era su costumbre…

(Esta es otra de esas maravillosas historias reales e increíbles que me llegó por un amigo)
Foto: Jesús Alberto Yokerman: alias Chucho, en los tejados de Vancouver. 
Caracas, agost. 2009

25 enero, 2009

Benito.




 Llegó a casa como llegan todos los rapaces -sin invitación- de improviso. Apareció una lluviosa mañana: enjuto, embarrialado y aterido de frío. Imposible averiguar su verdadera índole con tal aspecto. Llegar e instalarse fue una sola cosa. Fue creciendo y de raquítico y palurdo adquirió un aspecto fuerte y vigoroso. Se convirtió en un digno representante de su especie. Ahora estaba bien cuidado, alimentado y especialmente querido por todos. Bueno, por casi todos, pues sus correrías nocturnas por el vecindario le granjearon más de una enemistad.
Era tan altanero y se sabía tan único que hasta se permitía traer sus invitados. Otras veces traía sus trofeos de caza -como una ofrenda- que depositaba en el piso de la cocina. Así demostraba su agradecimiento, su afecto, o su petulancia. Nos integramos a él con el transcurrir del tiempo. Era uno más de la familia…

Un buen día desapareció tal como había llegado, intempestivamente. Pasaron los días, las semanas, los meses y hasta el sol de hoy no le he vuelto a ver... Sus hormonas dominantes tuvieron mayor peso que los beneficios que le brindamos. Sin ninguna consideración para conmigo, Benito se fue tras una hembra. Sólo espero que algún día logre encontrar la dirección...
Me dejó su marca ¡No se vive impunemente con un gato! Desde entonces soy devota de los siameses.

Caracas, 1998
Foto: Froyisberto, que vive en Málaga.

07 diciembre, 2006

Espíritu de Navidad.

(a Sofía y Emiliano)

En mi cabeza guardo muchos recuerdos. Por allí dicen que somos de buena memoria. No soy quién para desmentir ni afirmar nada,pero recomiendo que crean todo lo que dicen de mí –positivo o negativo- y se quedarán cortos.Recuerdo que cuando hay tanto movimiento en la casa, tanto ir y venir, tanto desempolvar cachivaches, adornos, paquetes y preparar ricas y elaboradas comidas –que apenas pruebo- es porque se celebra una festividad muy especial…

En esta época todo es muy grato y hay más licencias para mí. Juego con los adornos del oloroso pino, terminando por romper algunos. Me encanta cuando hacen ¡plop! y saltan en mil pedacitos brillantes. Me restriego contra sus ramas y salgo olorosa y perfumada. De vez es cuando me dan un pedacito de jamón o una de esas verdes y saladas aceitunas que me gusta tanto jugar con ellas. Hacerla rodar por aquí y por allá para terminar mordisqueándolas. Como en casa todos son muy generosos, hasta un regalo para mí colocan bajo el árbol: o unas galletitas especiales, o un fino collar, o un sweter. Una vez me regalaron unos escarpines y me molesté tanto que los deshice a dentelladas. Además de ser el hazmerreír de todos, parecía el tipo aquel del cuento con las botas.

Pero el momento más divino y que más aprecio, es cuando nieva y encienden la chimenea. Entonces nos congregamos toda la familia -porque yo soy parte de la familia desde hace años- al calor del hogar. Mi ama empaqueta regalos con lindos lazos coloridos. Los niños leen cuentos. Mi amo coloca villancicos en el reproductor y procede a responde cartas y tarjetas. Yo -hecha un ovillo- finjo dormir en la alfombra, muy cerquita de la chimenea para recibir su calor benéfico.

Entonces el amo ya instalado en su sillón –con su periódico o su libro- me llama: ¡Salomé ven! pero me hago la indiferente para obligarlo a repetir el llamado. Luego decido complacerlo. Me desperezo lentamente y de un salto monto en su regazo. Muy acurrucada y prrur, prrur, prrur -mientras él me acaricia- cavilo: estos humanos definitivamente están celebrando algo muy bonito, porque este ambiente de paz, regocijo y generosidad cambia a todos ¡Hasta a mí, que en estos días no cazo ratones!


Caracas, diciembre 2005