07 julio, 2012

Aroma mañanero.




 Cuando vivíamos en la casa grande de la parroquia San José, era una niña grande. Recuerdo que para ayudar con los quehaceres de la casa venía una muchacha barloventeña, llamada Zenobia. Era de contextura fuerte, buenamoza, con las greñas bien atadas hacia atrás, piel lustrosa -donde contrastaba el talón blanco- perfumada a jabón de coco y vestida coloridamente.

 Zenobia, asistía a mamá en muchas cosas: lavaba, planchaba, barría el patio... Al llegar lo primero que hacía era cambiar los zapatos por unas alpargatas, enfundarse un delantal blanco y montar el café. Entonces, la casa se ponía olorocita a cafecito recién colado a la usanza tradicional: mediante un liencillo. Aún adormecida, ya sabía que la casa despertaba y que la hermosa Zenobia había llegado. Todos disfrutábamos ese rico néctar que caliente nos esperaba en la cocina para ser servido por Zenobia... A mí me tocaba tomarlo con leche, porque según decían: muchacho no debe tomar café negro.

Caracas, julio 2012 
Ilustración tomada de la web.


16 junio, 2012

Lago Travis




 Provisto de papeles: lápices, libros y su inseparable pipa -bien abrigado- deseoso de recuperar el tiempo que consideró perdido a causa del asueto navideño, el profesor Cardozo del Seminario de literatura Hispanoamericana, en la Universidad de Austin se instala como es su costumbre, a orillas del lago pese al frío reinante. Dispuesto finalmente, a la revisión de aquellas notas que, sobre el desarrollo del “género fantástico” en la literatura latinoamericana, anda arrastrando -intento tras intento- desde el pasado semestre. 


 De vez en cuando levanta la vista de textos y papeles, da una intensa calada a su pipa y se queda absorto y contemplativo en el paisaje desolado y brumoso que le ofrece el invierno: unos escasos rayos solares, las aves que no terminaron de migrar, las aguas turbias del lago y los esqueletos del otrora frondoso bosque. Aun así le gusta  disfrutar de la paz del lago. Continúa con su tarea. Esta vez al levantar la vista, divisa un bote de remos detenido en medio del agua con dos personas a bordo, o así creyó ver a lo lejos. Esto llamó su atención ya que para la estación -al contrario que en el verano- nadie se aventura a practicar algún deporte acuático. Con la vista fija en la inesperada aparición, ve incorporarse a una de las figuras que están en el bote. Le pareció que ayudaba a la otra a ponerse también de pié, juntarse en una especie de abrazo -o así le pareció que hacían- y permanecer unidas por unos minutos. Infiere que es una pareja. Repentinamente, una de las figuras alza un remo y golpea a la otra, que a consecuencia cae al agua. El profesor Cardozo se incorpora de un salto… Atónito, le tomó unos minutos dar voces y hacer señas al bote lejano. En su desesperación grita y agita los brazos a la vez que con los ojos desorbitados, buscaba a su alrededor por una ayuda inexistente. Pasado unos minutos, cuando nuevamente vuelve la vista hacia el bote la otra persona tampoco está allí...


 Con la rapidez que sus nervios se lo permiten recoge sus pertenencias y sube a su vehículo. Pensó en acudir a los a los bomberos: pensó en los guardacostas, pensó en ir a la policía y reportar un accidente o un crimen, pero quizá eso no sería prudente de su parte. La policía le haría un sinfín de preguntas y solicitaría muchos detalles de un hecho que él había observado a lo lejos y quizá terminaría involucrándolo. Pensó muchas cosas y después de desventuradas conjeturas optó por irse a su casa… Apenas llegar enciende la televisión y espera el noticiero de la noche, a ver si reportaban algo. Nada sucedió esa noche. No pudo dormir debatiéndose en el remordimiento del deber incumplido. A la mañana siguiente -sin poder borrar la escena de su memoria- se ducha, toma un café y se va a la universidad. Durante el transcurso del día no hubo noticia alguna relacionada con el asunto. En la noche el dolor instalado en su estómago no le permite cenar. Vuelve a encender el televisor pero nada… Esto lo llenó de desasosiego y cavilaciones. Tampoco esa noche logra dormir agobiado por turbios pensamientos.


En busca de la ansiada noticia compra la prensa tempranera. Por más que hojea el periódico de arriba abajo no encuentra nada que informe de un crimen; así que llegó a dudar de la veracidad de los hechos. Al tercer día, desde que tuvo lugar el acontecimiento, el noticiero de la noche reportó -con profusión de amarillismo- que en la represa del lago Travis, aparecieron flotando los cadáveres de una pareja de jóvenes aparentemente ahogados y un bote a la deriva. Hasta los momentos -dijo el reportero- se desconoce detalles de esta tragedia. Habrá que esperar la necropsia de los cuerpos y las pesquisas policiales, concluyó.


Cardozo lloró -él sí conocía los detalles- pero no supo si lloraba por los infortunados jóvenes, o por la tensión acumulada, o por él mismo. Ni esa noche ni las subsiguientes pudo conciliar el sueño elucubrando los posibles móviles del asunto. Cuando las autoridades concluyeron sus investigaciones, informaron que se trató de un doble suicidio a causa de unos amores muy juveniles y muy contrariados... Un suspiro profundo precede la calada de la pipa.  Esa noche también fue de insomnio consumida en la elaboración del cuento.


Austin, febrero, 2002
Ilustración sacada de la web.

29 abril, 2012

Nunca esquecido


Corrado Mazzana  es hijo único de una vieja  familia napolitana emigrados a América, donde con el negocio del caucho se enriquecieron enormemente. De la selva ecuatorial la familia pasó a Puerto Ayacucho, en Venezuela, cuando la explotación cauchera decayó. Con el correr del tiempo Corrado diversificó el capital, lo que le permite vivir holgadamente y darse todos sus manías de solterón... En cuanto a sus caprichos el más importante es coleccionar libros antiguos, especialmente primera o raras ediciones. Corrado tiene un gran defecto: cuando se empeña en algo no acepta negativas y lo consigue a costa de lo que sea.
En uno de sus muchos viajes de negocios pasó una vez por Lisboa. Como era su costumbre una tarde salió a dar unas vueltas por la ciudad, a ver que novedades habría en cuanto a libros. Andando por vericuetos y callejuelas se topo con una pequeña librería cuyo cartel señalaba: “Livraria  o Archon”. Livros antigos. Edicoes raras. Se acercó a  la pequeña vitrina donde se exhibían unos cuantos ejemplares. Adentro se veía un local pequeño atestado de volúmenes del piso al techo. Al abrir la puerta sonó una campanilla y desde el fondo del local una voz dijo, Benvindo, entre vocé… Disculpe, respondió Corrado no hablo portugués. Ah, entonces podemos entendernos en español, dijo el bouquinista. Soy de Sevilla. De allí en adelante la conversación se hizo fluida. Corrado indicó lo que buscaba. El propietario le enseñó varios volúmenes. Tengo estas ediciones venecianas muy bien cuidadas,  Iambílicus. De Mysteriis. Venetiis, Aldus, 1497. Creo que le puede interesar. Y esta otra joya, Senecae Tragoediae. Venetiss, Aldus, 1517, con cantos en oro. Se tomó su tiempo en revisar los ejemplares antes de  decidirse a llevarlos…  Acordaron el precio y cuando se disponía a pagar vio sobre la máquina registradora, un pequeño libro atado con na cinta, con tapas de cuero y letras doradas. Mientras el dependiente hacía la factura ojeó el volumen de fino papel, una edición muy cuidada, con bellas iluminaciones. En la página principal decía: “Nunca esquecido”. Versos para Mariana. L.M.P. Lisboa, Carvalho Impresor, 1912. ¡Que edición tan particular! ¿Me lo vendería? No señor, no está a la venta. Ese es un volumen muy personal. ¡Se lo compro por lo que pida! No insista. Ya le dije, que no. ¡Lástima! Créame que le hago un favor con no dárselo. Además le falta una página… Bien, si acaso cambia de parecer estoy alojado en el Hotel Sheraton, habitación 702. Estaré unos días más. Hasta luego y gracias. Fue un placer atenderlo, señor Mazzana.
Al segundo día de la visita, Corrado decide pasar nuevamente donde el bouquinista a ver si  cambió de parecer. ¡Señor Mazzana, nuevamente por aquí!... Parto en la tarde de Lisboa, me gustaría convidarlo a un café y de paso me cuenta la historia del libro que me niega. Me tiene intrigado. Gracias, pero no acostumbro. ¡Hombre, hágalo por mí que ya me voy!  Bueno, bueno, dijo y se alejó a la trastienda a buscar su abrigo y bastón. Salieron del local y caminaron hasta una cafetería con  mesitas en la terraza. Pidieron un café para cada uno. El viejo librero comenzó la conversación… Ese pequeño volumen encierra la historia de un trágico amor. Resulta que la autoría se atribuye, sin certeza, a un joven y bohemio poeta, que se enamora de una chica de la burguesía. Usted me dirá que es un cuento muy trillado. Quizá, sí lo sea. Tomó un sorbo de café. Bien, como le iba diciendo y para que no se alargue mucho el asunto, el padre de la chica al enterarse la manda a un convento. Por medio de sobornos la joven Mariana logra escapar del encierro y se reúne con su amado. Al enterarse el padre, inicia una cacería que le toma varios meses hasta que encuentra a los amantes en una granja cerca de Sintra. El ofendido progenitor trama todo un plan que finaliza con la muerte de los dos jóvenes. El cadáver del poeta es lanzado al mar. Cuando el padre recupera el cuerpo y las pertenecías de su hija, consigue el pequeño libro donde se narra en rimas la aventura de sus amores.  El padre asombrado y cautivado por la belleza del poema se arrepiente profundamente de su acción, no sin antes arrancar del libro la página 22 donde se describe las intimidades del encuentro carnal de los amantes y aparece el nombre completo de la amada. ¡Qué cuento tan impresionante!  Eso no es todo, todavía hay más. ¡No me diga! Con el correr del tiempo, el libro sin ser vendido pasa de mano en mano y como cosa extraña, siempre viene a dar a mi librería. Todas las personas que lo han tenido mueren trágicamente en accidentes, o suicidio. No sé si atribuirlo a la tragedia que envuelve al  libro o a causas del destino. ¡Pareciera que el alma de los atormentados muchachos vivieran en él! ¿Y usted no teme por su vida? ¿Que podría temer un viejo? ¡Entonces véndamelo! No, prefiero dejarlo en la librería. Al yo morir, que el azar se encargue de ver a quién le toca. Bien, ya debo volver. Fue un placer para mí conocerlo, señor Mazzana. Igualmente… Se levantaron y cada quién siguió su camino.
Ya en el aeropuerto, a la espera de su vuelo, Corrado está inquieto. Suena el celular. Señor Mazzana ya voy llegando. ¡Ya era hora!.. ¡Sí, todo salió bien! ¿Te dio tiempo. Hiciste todo como te expliqué? Si, tranquilo ahora hablamos… Luego de unos minutos de espera, llega un hombre agitado. ¡Tenga aquí tiene su encargo! y le entrega un pequeño paquete. Corrado lo revisa apresuradamente. ¡Bien, ya esto está resuelto! Espera una semana y le llevas el dinero al viejo. ¡Gracias y adiós!.. Entra a la puerta correspondiente al vuelo a Caracas, mete el paquete en su maletín de mano y murmura, ¡Ahora eres mío. Que el destino haga su parte!
Epílogo:
Exactamente a la semana el hombre del mandado se presenta en la librería. Vengo de parte del Sr. Mazzana, a entregarle un dinero. Ah, perdió el viaje, porque no lo aceptaré. Yo le dije que el libro no se vendía, por consiguiente no me debe nada… Además él  regresará, siempre regresa.
 
Caracas, marzo 2012
Ilustración tomada de la web.


26 abril, 2012

París desde un bus.




Considero que la memoria no se pierde del todo, salvo en caso de una severa enfermedad o por efectos degenerativos e insalvables de la avanzada edad. También que es selectiva: cuando crees que algo se ha desaparecido de tus recuerdos, de repente una melodía: un libro, un cuadro, un olor, una película te dispara la memoria…Eso me acaba de suceder cuando vi la preciosa película de Woody HallenMidnight in Paris”. Para mi gusto y  hasta los momentos es una de sus más logradas producciones y con razón le dieron un Oscar al guión original. Yo diría que a un estupendo guión originalísimo.
Yo viví en esa hermosa ciudad con mi familia, por allá al finales de los 70. Todos nos trasladamos por una beca ofrecida a empleados de Conicit bajo un convenio con la Unesco. Primero vivimos en Grenoble –donde asistí a la Universidad-  luego en París, hice cursos prácticos y pasantías. Mis hijos púberes para ese entonces, estudiaban de mañana y en las tardes libres deambulaban por toda la ciudad con sus amigos. ¡Qué no conocieron y dónde no anduvieron!
Mis andanzas eran diferentes. Vivíamos en Levalois Perret, a las afueras de la gran ciudad. Todas las mañanas tomaba el Metro y en cinco minutos descendía en la estación Etoile (donde está la plaza del Arco de Triunfo) para hacer transferencia a mi destino, en el lado totalmente opuesto de la ciudad. En total una media hora bajo los túneles de la ciudad  para llegar al CNRS cercano al cementerio Pere La Chaise, o al Centro Nacional del Audiovisual o al Instituto Francés del Petróleo. Pero, cuando me desocupaba temprano de mis tareas con la tarde bella y soleada, tomaba un bus. Podía hacer cualquier conexión en cualquier artefacto del servicio de trasporte urbano gracias a la Carte orange, un bono de trasporte mensual más económico.... Entonces mi recorrido se hacía tan encantado como en la película de marras. El autocar era un Berliet (Renault) grande, de color verde, muy cómodo y bien mantenido como  todos esos buses del trasporte público. No había muchos de ese modelo y finalmente creo que los retiraron de circulación. Tampoco me importaba hacia dónde se dirigiera, total cuando lo quería podía bajar en cualquier estación de Metro y regresar a  casa. Lo importante de esos buses era que tenían en su parte trasera después de las filas de asientos, una especie de balcón o saliente al aire libre. Una estructura alta (hasta la cintura), que te permitía ir de pie. Allí yo me instalaba a ver y disfrutar la ciudad. El vehículo daba más vuelta que un circunvalación lo que me resultaba beneficioso para admirar edificaciones: monumentos, parques, barrios, bulevares, mercados... ¡Era estupendo! Un verdadero recorrido turístico en una ciudad que tiene tanto que ofrecer a los ojos del curioso.  Dijo Hemingway –personaje que también sale en la película citada- que: “París es una fiesta”. Para mí lo era cuando en esos momentos montada en un bus del transporte público, la disfrutaba en todo su esplendor.

Para finalizar, un paseo por París de la mano de Woody Allen:
http://www.youtube.com/watch?v=J3ExqFAO85o

Caracas, abril 2012
Ilustración tomada de la web

10 abril, 2012

Un matrimonio bien avenido


Dora y Pedro constituyen un matrimonio normal, cimentado en varios años de vida en común, con todos los altibajos que tanto tiempo en pareja implica. En otras palabras, ya se han acostumbrado a soportar aquello en lo que se les convirtió el amor. Entonces digamos que son, o aparentan, ser felices. Pedro se desempeña como gerente en un empresa de servicios y Dora toda la vida estuvo dedicada a su hogar; a levantarlos dos hijos varones –uno que ya comenzó la universidad y el otro está por  graduarse de bachiller- y a manejar el hogar en donde es dueña y señora y tiene la última palabra.  Prácticamente es una coronela que comanda su pequeña tropa. Por comodidad –supongo- desde un principio Pedro aceptó tácitamente este trato y así ha continuado hasta los momentos. Dora decide todo lo de la casa -ya lo dije- mobiliario, enseres, menús, hábitos, presupuesto, horarios  y de paso, hasta la ropa que los hombres han de vestir.  Todo bajo su control, hasta las sesiones de  dominó que juega Pedro con sus amigotes los jueves, a la salida de la oficina, hasta bien entrada la noche. Total que aparentemente este hogar está muy bien encarrilado, mejor dicho estaba hasta que pasó algo, un  detalle, una palabra dicha, una nimiedad que se escapó sin intención y terminó dando al traste con la paz conyugal…

Pedro que siempre había gozado de buena salud, le dio por enfermarse. Una gripecita esta semana, con dolor de garganta persistente. La próxima un malestar en los huesos. La otra un dolor de espaldas, hasta que finalmente se le instaló una diarrea, imparable que ya persiste por tres semanas. Es un virus concluyeron todos... Los remedios caseros de Dora no mejoraban la situación. Una mañana, viendo a Pedro –demacrado y exangüe- nuevamente sentado en el retrete, ella lo miró compasivamente, suspiró y soltó: He oído decir que así comienza el SIDA. A Pedro todo apocadito, no se le ocurrió otra cosa que decir: Esta misma tarde voy al médico y que me haga la prueba…

y no les cuento la que se armó …


CCS.marzo,2006
Ilustración: Norman Rockwell.


26 marzo, 2012

Casa de muñecas



 Como toda niña de mi generación, yo tuve una casa de muñecas. El techo a dos agua, con sus tejas coloradas y una columna de chimenea. La puerta de entrada, muy bellamente decorada: en la planta baja el salón: comedor y la cocina. Dos grandes ventanales y la bella escalera de caracol que sube a la segunda planta. Allí están las dos habitaciones y un baño. Las habitaciones con diferentes colores y cada una con una ventana. Era grande o quizá en mi pequeñez yo así la percibía. Adentro tenía todo el mobiliario, las cortinas. ¡Mi casa de muñecas era espectacular! Debo hacer sido una niña muy correcta para que el niño Jesús me premiara con semejante regalo.

Mi madre, también fue única hembra de cuatro hijos y al casarse se negó a abandonar a sus ancianos padres, por eso vivíamos en la casona de mis abuelos maternos, en La Pastora. Por supuesto que la casa de muñecas estaba en mi cuarto, en una mesa especialmente acondicionada para ella. Mis dos hermanos compartían habitación... Primero falleció mi abuela y mucho más tarde el abuelo, quien hasta sus últimos días mantuvo el huerto que tenía en el patio trasero. Menos mal que nuestra casa era grande y todos cabíamos cómodamente, en especial cuando venía el tropel de tíos y primos al almuerzo dominical. Siempre se servía la mesa después de mediodía, porque primero había que asistir a misa. Para la ocasión se abría el comedor principal con su gran mesa y allí exponían el condumio preparado entre la cocinera y mi mamá. Luego la larga sobremesa; los adultos masculinos aprovechaban para conversar de política o jugar dominó. Las damas intercambiaban las últimas novedades en modas o enseres, llegados a nuestra todavía provinciana capital. Mis hermanos y primos, correteaban por toda la casa jugando al gárgaro malojo. Nosotras: mis dos primas y yo, nos entreteníamos con la casa de muñecas.
Ahora a la distancia, se podría considerar que mi parentela era de esos que antes llamaban de buena familia, es decir gente de bien: trabajadora: honrada, cristiana practicante tanto en sus creencias como en ayudar a los demás y de correctas costumbres. Tampoco faltaba en esas familias la oveja negra y nosotros no íbamos ser la excepción. El tío Ramoncito gallero connotado, era el encargado de empañar nuestro honor. Según escuchaba yo decir, nunca se casó y vivía amancebado. Lo que eso significa, lo vine a entender después de adulta.
 Con el correr del tiempo, mi mamá trató por todos los medios de mantener el encuentro familiar dominical, pero la verdad es que a la falta de la matriarca -mi abuela Filomena- los domingos familiares se fueron distanciando. Uno se ausento a otra ciudad por cuestiones de trabajo y se llevó a la familia. A mis hermanos los enviaron a estudiar al exterior. Las  primas se fueron casando; a la final el único que siempre se mantuvo firme fue el tío Ramoncito, hasta que un buen día dejó de visitarnos, debido a que lo metieron preso varios meses por una reyerta en la gallera de San Agustín.  
Mamá tan tradicionalista y apegada a sus costumbres mantuvo la casa en las mejores condiciones posibles, pero fue clausurando cuartos y salones. El último festejo que allí se celebró fue mi graduación. Después me marché a hacer una especialización y mis padres quedaron prácticamente solos. Al enviudar mi papá no quedó otra alternativa que pensar que haríamos con la casona. La falta de la mano femenina se notaba en su paulatino deterioro. Mis hermanos eran  partidarios de vender. Yo a punto de casarme, consulté con mi futuro marido y tomé la valerosa decisión de irnos vivir ahí, hasta tanto mi padre existiera. Nunca imaginé, porque de muchacha  no me daba cuenta de estos asuntos, lo trabajoso que es mantener una casa de este tipo en la Caracas actual. Atendí a los consejos del arquitecto y restauré el gran comedor: los pisos de mosaico y se adecuó parte de la casona a nuestras necesidades. El resto quedaría para luego… Al entrar a mi antigua habitación de golpe me cayeron encima todos los recuerdos de mi infancia y juventud. Me senté al borde de la cama y mirando arriba, mirando abajo: las ventanas, las paredes con sus cuadros, la estantería de mis libros. Cuando vi la casa de muñecas, sentí mucha nostalgia... Tras un momento de abstracción me arrodillé ante ella, como hacía cuando niña y jugaba. Cuantas deliciosas horas pasé yo entretenida allí, sola o con mis primas.
  Tres generaciones pasaron por aquí. La ciudad se fue expandiendo. Muchos inmuebles vecinos cayeron. Llegó un momento en que el estado nos conminó a desalojar porque abrían una nueva avenida. Hubo que acatar el mandato del tribunal, el cual nos pagó un justo precio… En el plazo estipulado para efectuar la mudanza, embalé lo que consideré valioso. También opté por fotografiar las dependencias restauradas. Luego en mi cuarto –que había dejado para último- con parsimonia desarmé la casa de muñecas. La guardé meticulosamente con todos sus adminículos: ¡No la voy a botar! Ella es la esencia de todos mis recuerdos. 
Caracas, noviembre 2011 
Ilustración sacada de la Web.







23 enero, 2012

De como Doña Teotiste tomó una gran decisión...




 Doña Teotiste, nació y vivió siempre en el mismo pueblo de una sola calle: una sola iglesia, una sola plaza, una sola comisaría, una sola oficina postal y un solo cementerio. Después de su cerrada viudez, éste último era el que más frecuentaba. Hasta un día que se le ocurrió comprar un quinto -a instancias de su vecina Dorotea, empedernida jugadora- y decidió hacer algo inusitado con los cuatro cuartillos que se ganó.
 Fue donde Marcelina la única peluquera que allí existía, quien había acondicionado, en un cuarto de su casa, una especia de salón para esos menesteres. Marcelina fue la primera asombrada con semejante visita. Doña Teotiste renqueando, apoyada en su bastón la espetó: Mijita, vengo para que me cambie la apariencia. Quíteme esta larga crineja blanca y tíñame el pelo del color que se le ocurra. ¡No mejor rojo, póngame el pelo rojo! Quiero cambiar para los venideros sucesos. ¡Tengo una cita  muy importante! Marcelina no se paró en mientes, ni se puso a pensar qué decía aquella mujer.       Atendió los requerimientos de tan inesperada clienta y procedió de inmediato: Lavado, cortado, teñido y cepillado. Doña Teotiste dejó con harta contentura, todo el dinerito que se había ganado... A no ser porque su figura era bien conocida en el pueblo, cuando atravesó la plaza nadie se hubiera percatado, empero los habituales que allí estaban, se quedaron de una sola pieza al ver aquella larguirucha toda de negro, con la cabeza como un fósforo.

Doña Teotiste, llegó a su casa después de medio día. En la cocina se preparó sus alimentos; ese día lo 
dio libre a Gumersinda, su mucama. Rezó su rosario de todas las las tardes. En la nochecita comió muy frugalmente. Tapó al loro. Ya en su aposento, se bañó, se acicaló y se tendió en la cama... Al día siguiente, Gumersinda la encontró tiesa, vestida con su traje de novia oloroso a naftalina.

Caracas, enero 2012
Ilustración sacada de la web.